La realidad de la muerte

Yo viajo mucho en avión. De modo que no me sorprendió cómo me sentí cuando el vuelo 1549 de US Airways aterrizó en el río Hudson de Nueva York, en especial porque yo, supuestamente, tenía que tomar ese mismo vuelo una semana más tarde. Dadas las circunstancias, seguí muy de cerca todas las noticias y sucesos acerca de la tripulación y  los pasajeros. Imaginaba que, de haber tomado ese vuelo, habría terminado en el programa de Larry King o de David Letterman, catalogada como una de las sobrevivientes de Charlotte. Me sentía un poco celosa por no haber tenido esa oportunidad.

Pero los celos duraron poco. Cambié de opinión cuando el vuelo 3407 de Continental se estrelló en Buffalo algunas semanas más tarde. A diferencia del vuelo de US Airways, los pasajeros y la tripulación de Continental no recibieron la llave de la ciudad o equipaje nuevo en el programa de Ellen. Todos habían muerto y la muerte realmente es el fin.

Esa última oración realmente me hace pensar. Mi reacción inicial fue dejar de viajar en avión para evitar la muerte. Pero las estadísticas muestran algo totalmente diferente. La probabilidad de morir en un accidente de avión es de 1 en 11 millones. Sin embargo, el riesgo de morir en un accidente de automóvil es de 1 en 1500 y de hacerlo a causa de una enfermedad cardiaca es de 1 en 400. En conclusión, lo importante es arriesgarnos y vivir lo mejor posible. El hecho de que vayamos a morir inevitablemente en algún momento de nuestras vidas me hizo evaluar, no el significado de la muerte, sino el de la vida. 

¿Qué habrían dado los pasajeros de Buffalo para evitar ese destino? ¿Cuáles habrán sido sus últimos pensamientos? Nunca lo sabremos. Pero estoy segura de que los empleados del Bank of America de Charlotte que sobrevivieron al aterrizaje en el Hudson no pensaron en las acciones del banco al llegar a su casa en Charlotte, ni tampoco lo hicieron sobre las negociaciones relativas a la fusión del banco con Merrill Lynch. Pensaron en sus seres queridos y en la segunda oportunidad que les había dado la vida. Lo que más les importaba era que podían respirar, pensar, abrazar y besar a alguien. Quizás tenían un sentimiento de frescura, de novedad, de objetivos renovados. ¿Cambiaron sus prioridades? Probablemente, ya que la realidad de la muerte cambia la forma en que vemos las cosas.

Mi madre falleció el verano pasado, entonces fui a Puerto Rico a ayudar a mi hermana con todas las pertenencias de mi madre. Me deshice de la mayoría de las cosas porque para mí no tenían ningún significado. En ese momento no importaba cuánto tiempo había trabajado mi madre para obtenerlas. Después que ella falleció, nosotros, los que seguíamos vivos, decidimos qué era importante y qué no. Para mí lo eran sus fotos, las de mis hermanos y las de mis hijos. Entonces, guardé todas las fotos en una maleta y me las llevé a mi casa en Charlotte.

Apenas volví, hice un inventario de todo lo que tenía y me pregunté, cuando a mi marido y a mí nos toque abandonar este mundo, ¿de qué cosas se desprenderán nuestros hijos? O mejor dicho, ¿qué cosas guardarán? Conociéndolos, creo que también guardarían fotos, los buenos libros y el gran piano. Se desprenderían de todo lo demás. Espero que recuerden nuestros viajes juntos, nuestros valores, el amor intenso que mamá y papá sienten entre sí y el amor incondicional que sentimos hacia ellos.

Creo firmemente que tarde o temprano en nuestras vidas, todos tenemos una experiencia similar a la del vuelo 1549 de US Airways. Una situación dramática que nos moviliza, que nos hace recordar pasajes de la Biblia, “aunque no sepas qué pasará mañana. Pues, ¿qué es tu vida? Es una neblina que aparece durante un tiempo y luego se desvanece”; después nuestro rumbo cambia.

Entonces, mientras preparo mis maletas para tomar un vuelo hacia San Francisco, creo que todos debemos aprender algo de estos benditos habitantes de Charlotte que pudieron sobrevivir. Agradezcamos por todo lo que tenemos, unamos nuestras voces y las pasiones individuales y colectivas, y dejemos una huella en nuestra familia, en nuestra comunidad y en nuestro país. Vivamos.     


Deborah Aguiar-Vélez,
Columnista
Deborah Aguiar-Vélez es ingeniera, empresaria, esposa y madre.
Tiene una licenciatura en Ingeniería Química de la Universidad de Puerto Rico, Recinto Universitario de Mayagüez. Deborah es presidente y CEO de Sistemas Corporation, una empresa de consultoría en informática que ella fundó en 1983. A Deborah le gusta mucho leer, la buena comida y las charlas interesantes.